El blog de Opossum

Carcassonne

Carcassonne, hermosa villa fortificada del sur de Francia, dona también su nombre a uno de los juegos de tablero más populares y aclamados del mercado en la última década. La mecánica de Carcassonne, muy sencilla, se desarrolla por turnos, y el objetivo es la ocupación de territorios. Cada jugador (mínimo 2, máximo 6) coge una ficha al azar, la coloca en la zona del tablero que más le conviene, y si lo desea utiliza uno de sus 7 muñecos para ocuparla. Con las fichas se van construyendo los territorios -a saber: caminos, ciudades, monasterios y campos- que conquistamos con nuestros muñecos y que puntúan cada uno de forma diferente. Cuando se hayan colocado todas las piezas, la partida termina y el ganador será quien más puntos tenga.

Las reglas básicas del juego son sencillas:

- Cada pieza ha de encajar al menos en uno de sus cuatro lados con alguna de las que ya están colocadas sobre la mesa.
- Solo podemos situar un muñeco sobre la pieza que acabamos de colocar.
- Solo podemos situar un muñeco en un territorio desocupado.

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Requisitos para jugar:

En primer lugar, indispensable en un juego de estas características, es necesario poseer dotes estratégicas: ¡Solo dispones de 7 ciudadanos, úsalos con prudencia! Hay que saber en qué áreas conviene gastar más piezas, y qué otras no nos trae cuenta invertir nuestros turnos.

También conviene tener cierta habilidad social, ya que los pactos y las traiciones están a la orden del día. Si no tienes buena fama entre tus rivales, nadie querrá colaborar contigo en las grandes construcciones, o incluso intentarán a propósito boicotear las tuyas colocándote piezas difíciles de encajar. Es básico aliarse con otros jugadores para construir territorios muy grandes y compartir los puntos, pero esto a la larga puede ser un arma de doble filo si todos los jugadores no contribuyen por igual – vulgo parásito. Ejemplo común: Yo comparto amistosamente contigo una ciudad, pero luego empleo todas mis fichas en construirme otro territorio aparte en otra zona del tablero.

Es importante contar con visión espacial, para controlar perfectamente qué está sucediendo en las áreas donde tienes tus ciudadanos, sobre todo en la conquista de los campos o granjas. Dependiendo del número de piezas que se utilicen, el tablero puede llegar a ser muy grande, y resulta fácil despistarse un par de turnos y encontrarte con que te han invadido un territorio que ya considerabas seguro. Carcassonne es con frecuencia refugio de asaltadores y taimados bandoleros que no dudan en violar propiedades ajenas sin avisar.

Y por último, este juego requiere grandes dosis de adaptabilidad para amoldarse a las exigencias del tablero que se forma en tiempo real. Las reglas permanecen fijas desde el principio, pero el tablero cambia en cada partida y nos obliga a jugar cada vez de manera diferente. ¡Nunca se aprende a jugar del todo!

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Si queremos disfrutar de este gran juego en nuestros ordenadores, no tenemos más que descargarlo y comenzar a disfrutar:  Carcassonne para PC

Expansiones:

Uno de los puntos fuertes de Carcassonne son sin duda sus expansiones, que alargan la vida del juego y dinamizan enormemente su desarrollo. El set básico consta de 72 fichas, pero podemos añadir piezas y reglas nuevas prácticamente a voluntad. Suele aparecer una expansión oficial por año, y por orden cronológico contamos las siguientes: Comerciantes y constructores, Posadas y catedrales, La torre, La princesa y el dragón, La corte, El conde y el rey, Abadías y alcaldes, La catapulta, Puentes y castillos, además de las dos mini-expansiones “El Río I” y “El Río II”. Cada expansión es un mundo y casi todas tienen fans incondicionales y enemigos acérrimos. Lo ideal es disponer de varias, y utilizarlas alternativamente para que el juego sea todavía más variado y menos monótono. No es recomendable utilizar más de 2 o 3 expansiones simultáneamente, salvo que todos los jugadores sean expertos y nos aprovisionemos de abundantes refrescos y chucherías en la despensa.

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Y para rematar, dada la facilidad con la que se pueden crear fichas (no dejan de ser cuadraditos de cartón dibujados), circulan por la red cientos de expansiones y reglas “no oficiales” creadas por los propios fanáticos del juego: asedios, océanos, dragones verdes, bosques, fuegos, hurones y zarigüeyas… De hecho los proveedores de material específico (fichas en blanco, pinturas especiales, muñecos de madera) para crear piezas de Carcassonne literalmente se quedan sin existencias cada poco tiempo.

¿Alguien se resiste a echar una partida?

El mochilero

Mientras cogemos impulso para seguir desarrollando la temática original del blog, sirva esta entrada a modo de lúdico paréntesis entre los programas y los juegos, y también como recuerdo a un estimado amigo. Me tomo la libertad de copiar íntegramente su propuesta, y quien sabe, a lo mejor hay premio para quien la resuelva correcta y razonadamente.

Dice lo siguiente:

Refería mi bisabuela, -“la abuelina”; sobrenombre, más por el tamaño, que no por los reaños- el caso de un famélico portugués afincado en el pueblo, que del arte de los mochileros hizo profesión y del contrabando, hogaza y sustento. Era la época del hambre, imagínense. Las fuerzas brillaban por su ausencia, y cualquier economía de esfuerzo valía más que el Plan Marshall.

Rui -que así se llamaba el aludido- disponía de dos cuchitriles en el cobertizo que vivía, en los cuales distribuía las mercancías del cambalache. En la habitación oscura rellenó una bolsa con trescientos veinticinco granos de trigo para cambiar a razón de ciento setenta y cinco granos de café; y en la habitación más oscura, otra bolsa con doscientos setenta y cinco granos de trigo para trocar a razón de ciento veinticinco semillas de maíz. De cada grano de café obtenía la ganancia de una perra gorda; sin embargo, por cada semilla de maíz sólo lograba una perra chica.

Bien sabía el luso que las reglas del contrabando no eran dignas, y existían elementos que distorsionaban el mercadeo: tanto la Benemérita como los Maquis cobraban aduana por garantizarte el paso libre del otro. En total, treinta y cuatro reales y cuatro perras gordas era el precio de la seguridad por cruzar la Raya al regresar -por todos es conocido que la exportación es una actividad a proteger-. Ahora bien, el tributo lo aplicaban sobre la estricta ley del dividendo, siendo tal, que sólo cobraban su cuota cuando el beneficio esperado del trapicheo excediera de las veinte pesetas. ¡Cuán buenos ecónomos produjo la hambruna!, además, si era necesario ¡aceptaban cobrar en especie! ¡Unos benditos, oigan!

Rui, que intuía la quina que el pueblo le profesaba, jamás dejaba tras de sí mercancía alguna, por miedo a que saquearan el zaguán y perdiera cuantos granos almacenara.

Por decoro, ¡ayudemos al mochilero! ¿Cuántos granos de trigo debe destinar al trueque de café, y cuántos al trato del maíz? ¿Por qué?

Hanafuda

Sepan que a las zarigüeyas, más hurañas y caseras que otra cosa, nos encantan los juegos de mesa. Podemos pasarnos tardes y lunas enteras alrededor de una mesa o un tablero, raudo el reloj, vaso frío en una garra, figuritas de madera jugueteando con la otra, operando números, maquinando jugadas y pactando muchas veces con el diablo. Y los de cartas, figúrense, no son una excepción. Mis barajas favoritas son las que consiguen evocar en mi memoria ecos de los bosques, rescoldos de mi infancia acuartelada entre la rama y la foresta. Habrá tiempo de extenderse, pero hoy quiero destacar un nombre sobre todas ellas: Hanafuda.

Hanafuda -literalmente, “juego de las flores”- es una baraja de cartas que empezó a comercializarse en Japón gracias a una empresa que casi un siglo después, aunque con otro tipo de productos, se convertiría en líder mundial del sector del ocio doméstico: Nintendo. En la baraja Hanafuda los “palos” se transforman en meses del año, y cada uno se asigna a una planta o flor. Así, nos encontramos con una baraja de 48 naipes repartidos en 12 maravillosos palos que son los siguientes: pino, crisantemo, gramíneas, sauce, arce, cerezo, ciruelo, lirios, rosas, tréboles, glicinias y paulonias. ¿No es encantador?

Todas las cartas de Hanafuda

Todas las cartas de Hanafuda

Dentro de los distintos juegos que se pueden practicar con una baraja Hanafuda, mi predilecto por su componente estratégico es el koi-koi. Sus reglas son muy simples: Por turnos, cada jugador debe ir emparejando cartas (entendemos como pareja dos naipes del mismo palo/flor) para quedárselas, y con esas cartas intentar ir formando combinaciones. El primer jugador que obtiene una combinación, tiene dos opciones: puntuar en ese momento y dar por terminada la partida, o pedir “koi-koi”, que es una forma de continuar el duelo para conseguir más puntos, pero a riesgo de que tu rival también pueda hacerlo. Un duelo de koi-koi suele disputarse a 12 partidas, una por cada mes del año, tras las cuales vence quien haya sumado más puntos entre todas.

Las posibles combinaciones y puntuaciones en el juego del koi-koi son las siguientes:

Base: 1 punto (10 de 24 cartas básicas)
Tierra: 1 punto (5 de 10 cartas de tierra)
Un trago entre las flores: 5 puntos (cortina y copa de sake)
Un trago bajo la luna: 5 puntos (luna y copa de sake)
3 luces: 6 puntos (3 cartas de entre luna, cortina, grulla y fénix)
4 luces: 8 puntos (luna, cortina, grulla y fénix)
4 luces con lluvia: 7 puntos (3 cartas de entre luna, cortina, grulla y fénix, más el hombre de la lluvia)
5 luces y lluvia: 10 puntos (luna, cortina, grulla, fénix y hombre de la lluvia)
O.C.R: 5 puntos (jabalí, ciervo y mariposas)
Cintas: 1 punto (5 de 10 cintas cualesquiera)
Cintas azules: 6 puntos (las tres cintas azules)
Cintas rojas: 6 puntos (las tres cintas escritas con poemas)

Además, en las combinaciones acumulativas (base, tierra, cintas) se obtiene un punto adicional por cada carta que consigamos de más. Esto significa que 5 cintas nos dan un punto, pero 6 cintas nos dan 2 puntos, 7 cintas nos dan 3 puntos, etc.

Grulla, Cortina, Luna y Fénix, las 4 cartas de luz.

Grulla, Cortina, Luna y Fénix, las 4 cartas de luz.

Una regla fundamental es que la puntuación se duplica si la conseguimos dentro del koi-koi del rival, y también si hemos logrado al menos 7 puntos. Si se dan ambos casos, se cuadriplica. La norma tiene como objetivo premiar y potenciar la elección de koi-koi por parte del jugador que puntúa en primer lugar… no es lo mismo sumar 6 que intentar arañar algún punto más e irse directamente a 14.

Para jugar a koi-koi se precisan varios requisitos. En primer lugar es básico conocer las 48 cartas, y saber a qué palo corresponde cada una de las figuras importantes. Una vez comienza la partida, hay que estudiar despacio cuáles son las cartas que tenemos en la mano (ya que esas y solo esas son las que vamos a poder jugar) para tener claro a qué combinaciones aspiramos y qué parejas hemos de intentar llevarnos primero. Recuerden: el objetivo no es sumar muchos puntos, sino hacerlo antes que tu rival. Por ejemplo, si no tengo crisantemos en la mano sé que es absurdo buscar de inicio la combinación de las tres cintas azules. Por último, una pizca de estrategia y psicología nunca viene mal a la hora de decidir si se pide koi-koi o nos plantamos con lo que tenemos. El resto inevitablemente queda en brazos del azar y de la astucia del rival.

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Finalmente, les dejo algunos enlaces por si les apetece sumergirse en este apasionante océano de los sauces, el fénix, la luna, los jabalíes y el trago entre las flores:

Para jugar online en flash:

Hanafuda en Flash

Hanaduda para PC

Más información sobre el juego:

Web oficial Hanafuda.

Las cartas de Hanafuda, una a una

A tus pies

Y así les habló mientras soñaba:
Poned en sus hombros la torre,
Y dejad la campana quieta,
poned sobre ella la antena
y a su diestra la veleta,
y sobre la antena el cielo,
cuna del viento,
y sobre el viento volarán cigüeñas,
y vendrán a dormir a su torre,
y los nidos serán su corona,
y las nubes serán su bandera.

De roca son tus costuras.
Presidiendo siempre el horizonte,
estirando tus torres abrazas la luna.
Vigilante de las azoteas,
hoy al escribirte me tiembla la pluma.
Te envidio mientras duermes allí en las alturas.
Tú me gustas porque vienes
arrastrando cruces y cadenas
tal y como yo vengo a lavar mi mente.
La campana graciosa y profunda
rompiendo en jirones los amaneceres.
La paz de esa trasera donde nadie duerme.

A tus pies,
los viejos salvan el mundo cuando cae el atardecer.
A tus pies,
cuántas bodas y saetas tu banco ayudó a nacer.

Yo que he visto tantas tardes,
amasijos de pájaros negros
llegar a tu nido y ausentes cantarte.
Yo que pude nacer en tu suelo,
agradezco en el alma el dolor de mi madre.
Te añoro cuando queda vacío el paisaje.
Que esto ya no son ni piedras,
que es tu sangre cuajada de escombros
y heridas de hombres, de siglos y guerras.
Majestad y espadón por sombrero
y la cara pintaíta de primavera.
El brillo en tu mañana, la arruga en tu puerta.

A tus pies,
traicionaron tu memoria con las grúas de un hotel.
A tus pies,
Ni lujos ni cinco estrellas hacen sombra a tu pared.

Tú que enterraste a tu vera
A tantísimas almas sin nombre
y bañaste unos ojos mirándote quieta.
A tu mar de columnas me acojo
y sobre tu espalda derramo mis letras.
Te araño algunos versos creyéndome poeta.
El reloj de tu fachada.
Los bufones de pobres maneras
que buscan la vida al son de guitarras.
Callejones, hiedras y escaleras,
desde tus rincones dibujan palabras.
Te la debía, alto centinela, desde aquella oscura madrugada.

sanmateo

iShuffle

Vamos a ponernos serios y dedicarle algunas líneas sinceras a un programa.

Si pensaron en darle un premio Nobel al genio que fusionó los neutrones y los protones, digo que deberían darle por lo menos diez al que fusionó el Ipod con el iShuffle.   iShuffle consiste en un simple ejecutable, que alojas en tu iPod Shuffle como un archivo más. Creas una carpeta que se llame “Music” y desde allí ya puedes pasar archivos de un lado a otro como si estuvieras operando con cualquier otro directorio local de tu PC. No tiene más. Cuando termines, solo tienes que hacer doble clic en el icono del programa, para que tu iPod quede actualizado en cuestión de segundos. ¡Fin!

ishuffle

Si seleccionas en tu iPod el modo de reproducción secuencial, escucharás las canciones que tengas en la carpeta “Music” por orden alfabético. Además, puedes crear dentro una subcarpeta “noshuffle” para meter allí los archivos de audio que por lo que sea no quieras que tu iPod reproduzca. Y como no todo van a ser buenas noticias, por el momento no hay constancia de que el programa funcione con la tercera generación del Shuffle.

Sirva este artículo como reconocimiento a la grandiosa talla de este minúsculo programa. No hace falta dejarse los nervios en el intento. No hace falta tullir tu disco duro instalándote un ladrillo de 70 megas para transferir unas canciones de vez en cuando. No hace falta convalidar créditos de libre elección en la uni para aprender a manejar iTunes. iShuffle, y nada más.

iPod Shuffle

Alumbro estas letras en algún lugar entre El Salobral y La Roda de Albacete. Me acompañan el murmullo de algún rumiante en los asientos de atrás, el leve peso del portátil sobre las rodillas y el soniquete de la música que lleva funcionando desde primeras horas de la mañana. Me acuerdo de los compañeros que ahora estarán unos cruzando la calle volviendo del bar, otros mareando las letras desde la rutina de su casa. Me acuerdo también del tío que inventó el iPod Shuffle.

Aunque no es lo más habitual, nosotras nunca sabemos cuándo nos vamos a topar con un gallinero inesperadamente vigilado, o con un alambre de espinos colocado a traición. Una zarigüeya en sus cabales debe, por lo tanto, procurar siempre mantenerse en forma. Suelo salir a correr o hacer piernas cuando el tiempo me lo permite, con frecuencia en las últimas horas de la tarde. Así siento que me hago bien. También me siento por momentos libre, salvo si se cruza en mi camino algún puercoespín de pérfidas intenciones, y peor educación, que se siente la reencarnación de Sonic y se dedica a perseguirme durante metros inacabables.  ¿Quién vigila a los puercoespines?

iPod Shuffle colores

Y en este punto mi vida sufre un giro airado al adquirir uno de estos aparatejos. Puedo certificar que para los corredores no existe mejor compañero de viaje que el iPod Shuffle. Por tamaño, por ligereza, y por toda la magnitud de la palabra comodidad. Yo bendigo la práctica pinza que me prende el artilugio en el lomo. Ahuyenta el temor a que se caiga con mi grácil trotar de zarigüeya olímpica, y no daña mi sedoso pelaje cuando se acuna al compás del viento. Este iPod pequeñito resiste todo tipo de golpes y caídas. Resiste, comprobado, lluvias y humedades. Resiste el frío extremo y las altas temperaturas. Resiste incluso el último disco de Pitingo.

Luego está el asunto de los colores, sin duda el verdadero hecho diferencial de estos cacharros. Mi pecho brama henchido de satisfacción cuando las abubillas se fijan en mi iPod y confiesan que les gusta el color que elegí. Del mismo modo, entre las sensaciones más agrias que una puede sufrir, casi al nivel de que me confundan con una mofeta, está el comprarse el último modelo y ver cómo los bellacos de Apple sacan meses después una nueva batería de colores chulísimos, entre los cuales está por supuesto tu favorito.

iPod Shuffle morado

El iPod shuffle me regala ratitos de gloria que van quedándose entre nosotros dos. Esos ya no nos los quita nadie. Pero la criatura también necesita que le den de comer, y no sé en qué estarían pensando las brillantes mentes de Apple cuando idearon el iTunes. Desde luego, no en las zarigüeyas. Nosotras, que acreditamos una inteligencia justita para nuestras cosas, escoger las mejores ramas para trepar y poco más. Nosotras que por todo alarde de funcionalidad poseemos un rabo prensil, aunque para sí lo quisieran muchos humanos. Nosotras cuya vista apenas distingue la penumbra de las claras del día. ¿Por qué nos lo ponen tan difícil?

Por fortuna, iShuffle acude al rescate frente a esta infecta creación del Maligno. Les contaré sus bondades en otra ocasión.

Blogs

Esta vez toca recular en mis ideas. Sepan que me lancé a abrir un blog hace cosa de año y medio, muy personal, un ejercicio impulsivo y casi onanista sin pretensión ni difusión alguna. A trancas y barrancas consigo mantenerlo vivo. Ahora, cosas del destino, soy responsable de una segunda bitácora, que no nace a regañadientes pero que jamás hubiera visto la luz en otras circunstancias. La misma madre que desdeñaba cualquier forma de compromiso, amamanta así no una, sino ya dos criaturas.

Blogs de Programas.com

Blogs de Programas.com

El concepto de blog me impone profundo respeto. Ofrecer mi visión sobre las cosas implica, de algún modo, exponerme también a mí misma hacia los lectores, desconocidos. Ello siempre me ha echado para atrás, por cuanto se trata de una contraprestación impuesta, no buscada, y me ocurre en estos mismos momentos según encadeno frases. Cuando el blog abandona su primer propósito como medio de expresión creativa, yo, criatura de naturaleza hostil, dejo de sentirme cómoda.

Por este motivo, y durante largos años, esta zarigüeya renegó de los blogs por timidez, por apatía, por miedo al papel en blanco. ¡Yo nunca tendré uno de esos! –proclamaba orgullosa. Ciega en mi tozudez, creía que mi tiempo valía demasiado como para regalárselo a usted.

Para ella

Cómo no voy a escribirte, compañera, si este siglo entero lo hemos visto pasar juntos. Enseguida supe que mi felicidad dependería de tu bien, aunque a mis padres no les cayeras en gracia y te aceptaran solo con el paso del tiempo. Aunque me declare culpable de no haber sabido entenderte por completo. Aunque tu figura no tuviera las curvas ni la gracia de las obras de arte. Tú ya eras mi obra, y el arte lo llevabas dentro. Tú que ya no leerás el duelo de estas líneas en manojo de claveles a destiempo. Tú que sufriste a mi lado más horas que el primero de mis amigos. Déjame niña que hoy te escriba lo que nunca debí de callarme contigo.

Cómo no voy a hacerlo, si apuré mi dignidad hasta lo imposible defendiéndote a tus espaldas. Si nadie más que yo supo convivir con tus problemas. Si en bandeja me entregaste todo cuanto guardabas. Si el núcleo de mi vida sigue latiendo en tu vientre. Si contigo era el cielo más limpio, la noche más noche y las mañanas me dolían menos. Si nunca te valoraron, si muchos te utilizaron, si fuiste siempre la que calló. Si desde el primer día me vendiste tu comprensión más barata que tus reproches. Si tú más veces que nadie me viste sin ropa en la habitación. Si escondiste en tu cofre bajo llave el secreto de mi saber. Si nunca me importó tu nombre, y menos el color de tu piel.

Cuántos golpes míos te habrás llevado a tu manera. Cuántas mi torpeza de hombre te dejó más sucia por dentro que por fuera. Cuántas veces te traté sin el respeto que merecías, pero tus puertas abiertas en flor siempre que yo te lo pedía. Cuántas fuiste la última en acompañarme, cuando el mundo ya se había marchado. Cuántas madrugadas de sueño roto te quedaste a mi vera, sin pedir nada a cambio. Cuántas sonreíste en silencio cuando te puse los cuernos con el cansancio.

Cuántos llantos por tu culpa me habré tenido que tragar. Cuántos patearon mi vergüenza por tu causa. Cuántas noches me arrojé al paseo amargo y solitario, pensando si te cambiaba por otra. Cuántos segundos de mi vida volaron contemplando el parpadeo de tu faro, precioso, de clara luz azul, sabiendo que nunca me miraba a mí. Qué poquitos supieron desatar tu cerradura, comprenderte en tu hermosura y explorar en tu interior. Qué privilegio quien descifrara la urdimbre temible de tus entrañas. Qué honor el que escogieras mi compañía para envejecer. Qué inmensa generosidad el querer morirte en la distancia.

Mi vida va a continuar, pero aquí faltará un trocito de mi historia. Nunca más tu estampa de serenidad coronará las maderas de este escritorio. Nunca más tu imagen será la primera de cada día al despertarme. Nunca más le robaré horas a mi familia para regalártelas con el corazón abierto. Nunca más tendrás que aguantar mis insultos con esa paciencia infinita que solo tenéis vosotras. Nunca más escucharé los ecos de esos ruidos tuyos que al ritmo de quién sabe qué latidos, cada noche, más que hablar me dormían cantando.

Y en tu coraza lo eterno. Y en tu natura el calor del abrazo que nunca me diste. Sincero.
Y en tu insolencia al entrar por mi puerta ganaste conciencia de juegos y fiestas, de apuntes y cenas, de gritos y penas, de sueños y alegrías. De mil trajines que tú no sabías que me iban a hacer la persona que hoy soy, y la única que fue en tu vida.

Y no te pienses, mi amiga,
que te confundo con una mujer.
Ya quisieran las mujeres mías
quererme como yo te quise:
La caja de mi PC.

1by1

Me confieso sin tapujos una zarigüeya melómana. En mis ratos de ocio adoro saborear en silencio a los grandes clásicos del rock marsupial, aquellos míticos “Recuerdos frente a mi selva”, “Forraje colérico”, o el inmortal  “Cantos de los humedales”, ya en una onda más pop. Sepan que ninguno de ellos me suena mejor que con el reproductor de música del que hoy les hablo: 1by1.

1by11Afirmo que 1by1 es de los reproductores de música más tontos que existen, y tiene todo lo que me hace falta en apenas 100 Kb. No existe nada más simple de manejar (incluso yo soy capaz de hacerlo), consume cero recursos, y en largos años de uso nunca he echado a faltar ninguna función. Cuando 1by1 está minimizado en la barra de tareas, puedes ver el título de la canción actual y el tiempo que lleva sonando. Presenta un interfaz bicolor se divide en dos paneles: a la izquierda navegas por tu disco duro y a la derecha ves el contenido de la carpeta donde estás. En otro alarde de versatilidad, el usuario más inquieto puede elegir el color del texto y el color del fondo. Las opciones secundarias y de personalización son extraordinariamente amplias para lo poco que ocupa el archivo. Y para rematar, las canciones se oyen exactamente igual de bien o de mal que en cualquier otro reproductor de música.

1by1, alivio para las largas tardes en mi madriguera. Consigue que pueda cargar cientos de MP3 de golpe sin que el PC se ralentice. Consigue que el buscar un archivo para escuchar no se torne en proceso jeroglífico. Consigue incluso que dos canciones de Fito y los Fitipaldis suenen distintas entre sí. Háganme caso: yo no necesito más.

Redes sociales

Nos mudamos hace poco a este bosque, preñado de larvas y bien surtido de insectos, francamente muy cuidado, aunque poco espeso para lo que nos gusta a las zarigüeyas. Vivíamos en un coqueto zarzal del sur de Virginia, donde siempre tuvimos problemas con la wifi por culpa de unos vecinos abejorros aficionados a posarse en los receptores. Mis experiencias cibernéticas se contaban semana no, semana tampoco, y por ello nunca fui animal avezado en asuntos tecnológicos. Pese a todo, y desde mi ignorancia, recibía con recelo aquello cuanto me contaban del email, del messenger, del tuenti y no sé qué palabros más. Muy cerca de Houston un nuevo suelo me ha dado la bienvenida, pero tampoco aquí soy capaz de verle la gracia a esto de las redes sociales.

Reconozco que nunca tuve necesidad de contarle a nadie mis correrías con los mapaches, o compartir las fotos de mi nuevo árbol con las compañeras de madriguera. Si es menester quedo con alguien y charlamos tranquilamente tomando unas bayas junto a la retama. Pero más allá de mis (reconocidos) prejuicios, me resulta insólito hallar el disfrute fumigando indiscriminadamente con mis vivencias a una audiencia muchas veces incierta. ¿Cuántos pueden asegurar que jamás agregaron a un contacto desconocido? ¿Cuántos se asumen capaces de controlar al 100% qué información comparten y qué información no?

Esto de las redes sociales yo lo entiendo como un intercambio de tiempo libre. Yo te cedo parte del mío, tú me cedes parte del tuyo, y así el invento va funcionando. Me lo imagino como si fueran dos peluqueros que ponen sus negocios en una calle donde nunca pasa nadie. Se pelan entre ellos dos y así van sobreviviendo. De vez en cuando esparcen una bolsa de pelo para que el otro lo barra y así parezca que están ocupados si se topan con algún transeúnte.

Como saben, las zarigüeyas hacemos fundamentalmente vida nocturna. Cuando no abandonamos el bosque para asaltar algún gallinero, escarbamos la hojarasca para encontrar frutos maduros o hurtamos los huevos de algún pinzón distraído, siempre bajo el abrigo de la noche. Luego las horas de luz son un trauma, porque estamos todo el rato con el sueño cambiado. Cuando termino de dormir, he de perfilar nuestro siguiente plan de supervivencia, o dar buena cuenta de nuestro último botín… comprenderán que, en el escaso tiempo libre que me queda, lo que menos me apetece es conectarme a Internet precisamente para ver cómo emplean el suyo las demás zarigüeyas. ¿No les parece un sinsentido?

Tampoco alcanzo a comprender los motivos del nombre que le pusieron. Red sí; parece inofensiva pero te atrapa y cuando te quieres dar cuenta ya no te libras de ella. Pero ¿social? Conozco a dos muflones valle arriba que se pasan todo el día chateando entre ellos. Y por las tardes, al coincidir en las laderas, no se dirigen ni un gruñido, porque ya no les queda nada que decirse. Entiéndanme, valoro de veras la comodidad de poder contar tus penas o escuchar los problemas de los demás a través del LCD, sin verles el hocico ni siquiera husmear su rastro. Pero por favor, no intenten convencerme de que eso es “social”.

Veo las redes sociales como un poderoso instrumento de marketing y publicidad online. Ideales para expandir ideas, productos o informaciones de manera exponencial en un corto espacio de tiempo (Ejemplo: RecetasComidas.com). Pero no podré jamás concebirlas como exclusivo medio de relación vital. Perdonen la osadía de ésta que solo pide, más bien implora, que le permitan vivir sin cuenta de Facebook.

Sí puedo entender el atractivo que pueda ejercer un espacio de estas características sobre otras especies más sociables, acaso los hurones, o el bisonte, austero pero también más apacible y con tiempo para dedicar a estas cosas. Yo, por el contrario, no puedo arriesgar mi camada a cuenta de un exceso de confianza compartiendo detalles de mi vida. Veo que el trasvase de la información propia es una fiera a la que le estamos quitando hierro alegremente. Nunca sabemos si nuestros contactos han agregado por error a un jaguar o un joven chacal con malas intenciones, y puedan ellos tener también acceso a nuestras imágenes y datos de perfil. Si eso ocurriera quedaríamos convertidas al momento en presas ciegas, sometidas completamente a la voluntad del depredador. Cualquier puma puede estar viendo ahora las fotos de nuestro último festín o de la cacería del sábado pasado, y saber ya qué senderos frecuento, a qué horas y qué otras zarigüeyas suelen ir conmigo. Y mientras, nosotras tan tranquilas solazándonos en el sotobosque. Cuando menos nos demos cuenta, este problema trascenderá las lindes del ecosistema, y entonces ya será tarde para remediarlo. Yo os advierto: tened cuidado bajo las raíces.

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