Con la lengua fuera.
Publicado en 02. Feb, 2010 por ojodebuey en Artículos | 1 comentario

Todos aprendemos una lengua cuando nacemos: la lengua del entorno en el que nos desarrollamos. A veces, en vez de una, son dos o incluso más, ya que hay lugares en los que, debido a su posición geográfica y a su evolución histórica, sus gentes reciben el flujo diario de contenidos escritos y verbales en varias lenguas, y las acaban aprendiendo de forma natural. Es innegable que cada lengua es la forma de expresión de un grupo humano, de mayor o menor número, con una forma de ser y de sentir propias, y con una cultura también propia. Pero, al mismo tiempo, también es irrebatible que, a la hora de hablar, en los casos en los que exista la posibilidad de elegir, el único factor que debería condicionar nuestra elección es el deseo mismo de hablar, y de comunicar. Si queremos hablar, debemos hablar alguna lengua. Y si nos queremos comunicar, debemos hablar la lengua de nuestros interlocutores. Necesitamos, en todo caso, compartir un mismo código.
Visto así, todo resulta de lo más sencillo, y podríamos sacar como primera conclusión que, actuando sin dobleces y con pureza, no existirían discusiones acerca del empleo de una u otra lengua por parte de uno u otro grupo social. El problema surge cuando las lenguas son usadas como arma de expresión de otro tipo de mensajes ocultos, un hecho frecuente en las regiones con un mayor o menor impulso nacionalista. En Cataluña, por ejemplo, son muy frecuentes las manifestaciones, tanto públicas como privadas, en las que, existiendo personas que hablan catalán y español, y otras que tan sólo hablan español, hay quien recurre al catalán para expresarse de forma premeditada. Esto, teniendo en cuenta lo dicho anteriormente, aparte de un sinsentido, se puede considerar como una falta de consideración y de educación evidente.
Pero si esto ocurre, no es debido a la condición de cada uno, ya que la imbecilidad no es patrimonio de ninguna ciudad, región, ni país. Nos movamos por donde nos movamos, por cada cierto número de personas que conozcamos, nos encontraremos con un tonto, o con un maleducado. Es pura estadística. Si esto sucede, es debido al intervencionismo de los dirigentes políticos que, portando incluso, en ocasiones, la bandera de la libertad, coartan el derecho a elegir de las personas, legislando acerca de cuestiones, como ésta, que deberían tener su ámbito de desarrollo en un marco de total espontaneidad, desprovisto de todo control. Si en Cataluña, o en cualquier otra región de España o del mundo, un grupo humano establece de forma natural un código lingüístico de comunicación como propio, y lo impone incluso sobre otro reconocido hasta ese momento como predominante (u oficial, dicho desde un punto de vista administrativo), no creo que nadie pueda ni deba manifestarse en contra. Pero cuando los cambios que afectan a la cultura y a la idiosincrasia de las sociedades, llegan impuestos y dirigidos por personas con intereses particulares, el tema adquiere un cariz de artificialidad que lo desprovee de cualquier valor.
Por lo tanto, que un comerciante catalán decida poner libremente el luminoso de su tienda en catalán, que los dueños de las salas de cine en Cataluña apuesten por las cintas en catalán, o que Paqui la vecina te hable del tiempo en catalán mientras compartes ascensor con ella; simplemente, por natural y por espontáneo, no me parece mal. Pero que los dirigentes de la Genralitat de Cataluña obliguen a sus conciudadanos a usar el catalán, y que se atrevan incluso a imponer sanciones a quienes decidan expresarse en español (pues esta cruzada es sólo contra los hablantes del español, o al menos no ha llegado a mis oídos que se multe al dueño de ningún restaurante chino, por sus “ofensivos” luminosos en chino), es un hecho lamentable. No aman más a su lengua quienes toman medidas de este tipo. Más bien al contrario, ya que la imposición de las conductas no genera más que rechazo a largo plazo. La historia está llena de ejemplos, y los libros así lo reflejan. Libros, claro está, escritos en alguna lengua.
Una respuesta para “Con la lengua fuera.”
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Yo pienso que cada uno debe expresarse como quiera, tal y como dices, con libertad. La medida de los cines me ha parecido algo absurdo, porque no tiene beneficio alguno para la sociedad, y en los tiempos que corren me atrevería a decir que hay cosas más importantes en las que invertir el poder asignado por los ciudadanos.
En caso de que se quisiese poner subtítulos, me alegraría que fuera en inglés. ¿Ventajas? Nos culturizaríamos un poco más, y nos permitiría disfrutar de las últimas películas sin tener que esperar a que sean dobladas.
Espero que la absurdez de doblar por ley al catalán no se lleve a cabo, ya que los primeros afectados serían, una vez más, los pobres habitantes que en la mayor parte nada tienen que ver con las actitudes hiper-independentistas de los que gobiernan.