Maldita crisis.

Resulta abrumador comprobar cómo hasta hace unos dos años, y desde hacía mucho tiempo, no se empleaba en el mundo occidental el término “crisis” con la asiduidad y la insistencia con la que se viene haciendo en nuestros días. A nadie se le escapa (niños, mayores, mujeres, hombres, trabajadores, desempleados, autónomos o asalariados), que en los días en que escribo se está viviendo una crisis. Una crisis que, además, en el caso de nuestro país, parece estar golpeando con una violencia superior, debido a la desorbitada política urbanística que se venía manteniendo desde hacía mucho tiempo. Esta crisis, la económica, resulta evidente porque se traduce directamente en cifras: las del paro, las de los precios, las del consumo, las de los índices bursátiles, las de los tipos de interés, etc. ¿Pero qué hay de la otra crisis, la ideológica, la sentimental, la cultural y la educativa; la que sufrimos desde hace tantos años, y en la que no parecen reparar los redactores de los telediarios, ni los políticos?
Es una realidad que nos hemos acostumbrado a medir el índice de bienestar de las sociedades, únicamente en función de valores de tipo económico. Sin embargo, los pobladores del llamado “primer mundo” sufrimos el déficit de muchos valores vitales que merman sustancialmente nuestra capacidad de bienestar, y que pasan desapercibidos con una frialdad escalofriante. Me refiero a la incultura, a la mala educación, a la inmadurez, a la inestabilidad emocional, etc. Tanto es así, que para algunos aún sigue teniendo sentido el debate acerca de la relación entre el dinero y la felicidad, como si el complejo entramado de emociones que componen nuestros perfiles psicológicos, se ciñera únicamente a factores de compra-venta. A simple vista, puede parecer que quienes comen, compran, y acumulan riquezas y propiedades materiales a diario, son más felices que quienes no tienen la posibilidad de hacerlo. Sin embargo, no todos los que tienen son capaces de apreciar lo que tienen, ni todos los que no tienen, sostienen su capacidad de gozar en lo que no tienen. Por eso el mundo está lleno de muchos pobres felices y de muchos ricos insatisfechos.
No es mi objetivo en este caso establecer un análisis de proporcionalidad inversa entre el nivel de riqueza de las sociedades, y el desarrollo intelectual, educativo y afectivo de los individuos. Mi interés reside en poner de manifiesto la carencia generalizada de valores humanos, existente en nuestra sociedad, más allá de la clara sobrevaloración que todos hacemos del dinero, sobre todo a partir del afianzamiento a nivel mundial del Capitalismo como sistema económico. La crisis intelectual, educativa y afectiva a la que hago alusión, es un hecho por sí mismo, más allá de la coyuntura económica que se viva en cada momento. No obstante, sí me gustaría subrayar la relación que existe entre el exceso de bienes, y el sentimiento de vacío y de insatisfacción; o entre la falta de sacrificio a la hora de obtener lo que se tiene, y la incapacidad para apreciarlo y saborearlo en su justa medida. El hecho de que las clínicas de los psicólogos se encuentren saturadas en un mundo en el que “no falta de nada”, es un síntoma evidente de que algo no se está haciendo bien. ¿Cuál es la verdadera crisis, entonces? ¿No creéis que, basándolo todo en el dinero, expulsamos por la puerta los problemas que más tarde nos acechan por la ventana?















